Sé que  una de las lecciones más importantes y difíciles de mi vida, ha sido desarrollar  el  “arte de saber esperar”.  La paciencia no ha sido uno de mis dones naturales y tuve que aprender su sabiduría a través de una decisión consciente de estar atenta a cómo la impaciencia actuaba en mi.

Tardé mucho en entender que todo en esta Vida necesita un proceso de maduración. Me di cuenta de que para que algo nazca y crezca ha de hacerlo de una manera orgánica. Han de pasar varias lunas hasta que una  siembra da frutos y algunas más hasta que una cosecha esté madura para ser recogida. En mi caso, me ha llevado muchos años, madurar mis respuestas a los imprevistos, mucho tiempo para armarme de valor y ser capaz de reconocer mi  frustración ante los largos días de espera, sobre todo en cuanto a mis proyectos y sueños se refería.

Me convertí en una impaciente incorregible.

Han sido muchos los esfuerzos inútiles y agotadores que realicé, y que por supuesto, me llevaron de frustración en frustración, hasta que, un día, hace algunos años, tremendamente triste y sintiéndome como en un agujero sin salida, le pedí a mi Divina Presencia que guiará mis pasos hacia un mayor entendimiento de qué es lo que estaba pasando.

– Querida, tendrás que parar el ritmo si realmente quieres escuchar lo que tengo que decirte – me contestó.
– ¿Cómo dices? – dijo mi rostro más luchador – ¿Parar?, ¿Qué significa eso?
–  Pues, eso, PARAR, bajar el ritmo, descansar y permitir que la Energía Divina nutra tus creaciones.
–  No te entiendo, ¿Y que voy a “hacer” mientras eso ocurre?
–  “Nada”, solo disfrutar de la Vida.

 
Sencillo, ¿Verdad?. En realidad todas las cosas importantes lo son. Pero no creas ni por un momento, que tan solo una conversación fue suficiente para que yo comprendiera. Te puedo asegurar que no fue fácil parar mi ritmo. Mi censora interna continuamente me boicoteaba en mis intentos, haciéndome razonamientos dignos de un filósofo, hasta que llegó el día en que dejé de esforzarme más allá de unos límites razonables. Entendí que para que tuviera lugar un cambio en mi vida, con cierto grado de equilibrio y armonía, debía cultivar tres cualidades: la Paciencia, la Confianza y la Perseverancia. Cualidades intrinsicamente Femeninas y quizá por eso algo difíciles de integrar en una vida que se mueve a toda velocidad y no permite parar a ver el paisaje.

“Divina Presencia, me entrego a tu Voluntad”  llegó a convertirse en un Mantra personal para poder mantener la mente clara y mi cordura  preparada para afrontar los más variados desenlaces que las circunstancias me ofrecían. Han sido muchos los momentos en los que experimenté y sigo experimentando, lo que yo llamo “La Espera Divina” y al final de tanto ensayar, aprendí. Ahora me dedico a sembrar y a esperar. A honrar los pequeños brotes que nacen en mis prados y a cuidarlos con todo el amor del que soy capaz.

Y tu ….

¿Qué asuntos pendientes te sacan de tus casillas cuando no ves los resultados de tus esfuerzos?
¿Cómo reacciones ante los proyectos o deseos que no puedes cumplir en estos momentos?
¿Recibes el apoyo adecuado para sostener la incertidumbre sin que te de un ataque de impaciencia?
¿Sabes que la impaciencia a veces malogra los pequeños brotes de tus sueños porque los precipitamos a crecer sin estar preparados?