Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos de manera consciente, pero cuya respuesta condiciona profundamente nuestra forma de vivir:

¿Vivo en un mundo amable o en un mundo hostil?

La mayoría respondería observando las circunstancias externas: las personas que le rodean, las noticias, los problemas cotidianos o las experiencias que ha acumulado a lo largo de su vida. Sin embargo, existe una reflexión mucho más profunda: quizá el mundo que experimentamos no depende únicamente de lo que sucede fuera, sino de la forma en que nos relacionarnos con ello.

Nuestra actitud actúa como una lente a través de la cual interpretamos la realidad. Y esa lente tiene el poder de transformar completamente nuestra experiencia de vida. Porque en realidad, el mundo que vemos habla de nosotras.

Cuando vivimos instaladas en la desconfianza, el juicio o el resentimiento, nuestra atención se dirige de manera casi automática hacia todo aquello que confirma esa visión. Encontramos hostilidad porque estamos buscando hostilidad. Por el contrario, cuando cultivamos la amabilidad, la comprensión y la apertura, comenzamos a descubrir aspectos de la realidad que antes pasaban desapercibidos. No porque el mundo se haya transformado mágicamente, sino porque nosotros hemos cambiado. Lo que vibras, es lo que experimentas.

La vida parece responder, en gran medida, a la energía con la que nos presentamos ante ella. Si vibramos constantemente en la queja, el miedo o el enfrentamiento, es probable que terminemos encontrando más situaciones que alimenten esos estados internos. Si vibramos en la gratitud, la confianza y la amabilidad, comenzamos a atraer personas, experiencias y oportunidades alineadas con esa frecuencia.

Y aun cuando aparezcan situaciones difíciles —porque forman parte inevitable de la existencia humana— nuestra manera de vivirlas será diferente. La hostilidad puede llegar a nuestra vida. La diferencia está en cómo la recibimos. Una actitud amable no niega los conflictos ni los problemas. Lo que hace es impedir que esos conflictos se conviertan en nuestra identidad.

No puede haber fraternidad/Sororidad, con una mirada hostil. Hablamos con frecuencia de fraternidad, de sororidad, de comunidad y de convivencia. Pero existe una pregunta esencial:

¿Cómo podemos construir relaciones amables mientras seguimos mirando a los demás con sospecha, juicio o rechazo?

La fraternidad/Sororidad no comienza en las palabras. Comienza en la mirada. Si observamos constantemente los defectos ajenos, si interpretamos cada acción desde la desconfianza o si damos por hecho que los demás tienen malas intenciones, terminaremos creando distancia incluso con quienes desean acercarse.

La hostilidad genera más hostilidad.

La comprensión genera comprensión.

Por eso, para construir vínculos más humanos y auténticos, no basta con pedir que el mundo cambie. También debemos revisar la forma en que nosotros miramos al mundo. Cambia tu mirada y cambiarás tu mundo. Quizá el mundo nunca sea completamente amable ni completamente hostil. Quizá contenga ambas posibilidades al mismo tiempo. Lo que marca la diferencia es desde dónde decidimos observarlo.

Cada día podemos elegir entre alimentar el juicio o la comprensión. Entre responder desde el miedo o desde la confianza. Entre interpretar la vida como una batalla constante o como una oportunidad permanente de crecimiento. Porque al final, la calidad de nuestra experiencia no depende únicamente de las circunstancias externas, sino de la conciencia con la que las vivimos.

Y cuando nuestra mirada cambia, descubrimos que el mundo también comienza a cambiar con ella. Tal vez no porque la realidad haya sido transformada, sino porque hemos aprendido a verla desde un lugar más amable, más humano y más libre.

A la Luz de la Conciencia

Carmen Paz

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